lunes, 9 de mayo de 2016

La fiebre en los niños ¿es necesario preocuparse?

El aumento de la temperatura corporal es un signo de alerta, de que muy probablemente está iniciándose una infección, casi siempre sin consecuencias, en la que la propia fiebre actuará como mecanismo de defensa. Este síntoma suele ser motivo de gran preocupación para los padres, que adoptan una actitud agresiva hacia dicho síntoma. Pero la fiebre por sí misma, raras veces es perjudicial y siempre es consecuencia de algo. Es competencia del médico intentar descubrir de qué y tratarlo.

La temperatura corporal normal es la expresión de la energía en forma de calor que el organismo produce durante su metabolismo. Puede variar de una persona a otra y oscilar según el momento en que se tome: es más alta después del ejercicio físico, si hay excesivo calor ambiental.

El cuerpo humano dispone de los medios adecuados para mantener su temperatura estable dentro de unos límites bastante precisos. Es capaz de perder calor incrementando la circulación sanguínea en la piel (enrojecimiento) y a través del sudor, de aumentar su producción mediante los escalofríos, o de evitar su pérdida reduciendo a su vez la cantidad de sangre que circula por la piel. La fiebre es una respuesta biológica controlada por el sistema nervioso y es un signo común a muchas enfermedades infantiles.

Una de las causas más frecuentes de la fiebre, aunque no la única, son las infecciones. Los niños con fiebre suelen tener frío y presentan la piel de las manos y los pies azulada, moteada y fría debido a una menor circulación sanguínea en estas zonas. No suelen sudar (sobre todo los niños pequeños), y a menudo tienen escalofríos durante los momentos de subida o bajada brusca de temperatura.

Se considera normal una temperatura rectal de hasta 37.6°; entre 37.6° y 38°, y cuando es mayor de 38° se trata de verdadera fiebre. Muchos de los episodios febriles, duran entre 1 y 3 días y suelen ser provocados por infecciones víricas autolimitadas. Por ello, muchas veces no es necesario administrar antibióticos.

En general, la cantidad de fiebre no está siempre relacionada con la gravedad de la enfermedad (salvo en el lactante pequeño) y no produce efectos indeseables. Es más, las temperaturas menores de 39.5º son muy bien toleradas por el niño. Además, la fiebre puede ser beneficiosa al estimular los sistemas defensivos de nuestro organismo frente a la infección y producir un ambiente hostil para el desarrollo de los microbios productores de enfermedad. Por ello, no siempre es imprescindible intentar bajarla a toda costa.

Un 3% de la población infantil puede tener convulsiones febriles producidas por el aumento brusco de la temperatura. Al margen de la angustia que suelen causar en los familiares, las convulsiones febriles tienen unas características benignas, no dejan lesiones cerebrales y no requieren tratamientos posteriores. Por último, dos creencias falsas que conviene desterrar: una, que la erupción dentaria es causa de fiebre y otra, que la fiebre alta puede provocar una meningitis.

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