lunes, 23 de enero de 2017

El hígado graso deriva en varias enfermedades



La enfermedad hepática por depósito de grasa no alcohólica es el resultado de los efectos dañinos sobre el hígado de diversos trastornos relacionados con el síndrome metabólico, principalmente la diabetes, la obesidad y la hiperlipidemia (aumento de colesterol o triglicéridos).

Esta enfermedad conocida popularmente como hígado graso, se puede manifestar de distintas formas, desde la esteatosis hepática, a la esteatohepatitis no alcohólica, una manifestación más grave que puede progresar en otras enfermedades

La enfermedad hepática por depósito de grasa no alcohólica empieza con la aparición de grasa en el hígado debida a una alteración metabólica lo que se denomina hígado brillante. Esta anomalía se detecta fácilmente y no debe representar mayor inquietud. Sin embargo, un 10% de estos pacientes muestran además de hígado graso, una inflamación y en estos casos la enfermedad puede derivar en cirrosis, cáncer hepático, y aumentar el riesgo de enfermedad coronaria y vascular y de padecer otros tumores como cáncer de mama o cáncer de colon.

Dado que un 90% de los pacientes con enfermedad hepática por depósito graso tiene alguno de los síntomas del síndrome metabólico como: obesidad abdominal, hipertensión, colesterol, o diabetes, y un 33% presentan el diagnóstico completo, podemos afirmar que el NAFLD (enfermedad hepática por depósito de grasa, no alcohólica en sus siglas en inglés) multiplica los riesgos de enfermedad vascular, por lo tanto debemos estar especialmente atentos a estos pacientes.

Un correcto manejo y control tanto de la enfermedad hepática, como del síndrome metabólico mejorará su historia clínica tanto en lo relativo al hígado como a las enfermedades cardiovasculares.

La enfermedad hepática por depósito de grasa no alcohólica es hoy en día, la enfermedad del hígado más frecuente, por encima de la producida por el alcohol y de la Hepatitis C. Afecta a entre un 20 y 30% de la población y se calcula que un 10% de los pacientes desarrollará la manifestación más grave de esta enfermedad. Los expertos consideran que su prevalencia irá en aumento a la vez que crecen enfermedades como la obesidad y la diabetes a las que se asocia con mucha frecuencia.

El primer signo de alerta para detectar la enfermedad hepática es que los pacientes cumplan dos de los tres supuestos siguientes: presentar hígado graso en la ecografía, tener las transaminasas altas en los análisis de sangre o sufrir un trastorno metabólico como obesidad, diabetes o hiperlipidemia, llegando a este punto, el especialista en Aparato Digestivo debe hacer el diagnostico definitivo para diferenciar la esteatosis simple de la esteatohepatitis con inflamación.

Hasta ahora la prueba por excelencia era la biopsia hepática, una prueba altamente invasiva. Hoy en día se han desarrollado pruebas diagnósticas no invasivas como “OWL Liver”, basadas en un análisis de los lípidos en sangre, y las “Pruebas Demili”, basadas en la resonancia magnética. Pruebas como estas permiten un diagnóstico precoz, y lo que es más importante, un buen control de la enfermedad y la posibilidad de realizar un seguimiento de los pacientes sencillo, evitando que la enfermedad progrese a estadios más graves.

En cuanto al tratamiento, existen diversos estudios e investigaciones en marcha para una enfermedad relativamente nueva, pero por el momento el mejor tratamiento de la patología es preventivo, controlando el trastorno metabólico de forma adecuada, llevando una dieta equilibrada y sana que disminuya el exceso de peso, el elevado colesterol y triglicéridos y haciendo ejercicio físico de forma regular y manteniéndose alerta, recordando que un 22% de los pacientes diagnosticados no van a tener más problemas.


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