martes, 17 de enero de 2017

Trasplante renal



El trasplante renal mejora la esperanza y la calidad de vida y se efectúa mediante la donación por muerte cerebral o circulatoria, y también de donante vivo.

No hay límite superior de edad para el mismo. Se comienza a pensar en el procedimiento cuando la filtración glomerular estimada del paciente es <20 ml/min/1,73 m2 y cuando la función renal está disminuyendo hacia la nefropatía terminal. Los resultados son mejores cuando el trasplante se efectúa antes de comenzar con diálisis (trasplante anticipado). El trasplante renal es superior a la diálisis crónica porque mejora la esperanza de vida y la calidad de la misma. Los pacientes que reciben un trasplante viven hasta tres veces más que los que reciben diálisis y están en lista de espera. A pesar de esto, el riesgo de muerte de los pacientes trasplantados es considerablemente mayor que el de la población general. La asignación se basa sobre un sistema de puntuación que incluye la compatibilidad inmunológica, la edad del receptor, la paridad de edad entre donante y receptor y el tiempo desde su ingreso a la lista de espera. La donación en vida habitualmente es de una persona con estrecha relación emocional con el receptor. Las decisiones sobre el trasplante renal son personalizadas y, a diferencia de los trasplantes de otros órganos sólidos, existe otro tratamiento (la diálisis). Aunque los beneficios del trasplante renal sobre la supervivencia no están bien demostrados para los pacientes mayores de 65 años, la calidad de vida en este grupo etario es mejor al no tener que estar en diálisis ni soportar restricciones en la alimentación y la cantidad de líquidos. El trasplante programado con donante vivo es de menor riesgo y los pacientes mayores de 80 años han recibido con éxito riñones de donante vivo, así como también han sido donantes. La atención posoperatoria se centra sobre la presión arterial y el equilibrio hidroelectrolítico, el alivio del dolor y la movilización precoz. Se ajusta la inmunosupresión y se controla a los pacientes para hallar signos precoces de rechazo. El riñón del donante puede estar lesionado por los hechos que llevaron a su muerte, la operación de recuperación, la isquemia y reperfusión en el receptor. Hasta el 50% de los receptores de donantes fallecidos sufren demora en el funcionamiento del injerto y necesitan diálisis en los días posteriores al trasplante. Si no se sabe la causa, se efectuará una biopsia renal, que puede revelar rechazo. Aproximadamente el 15% de los pacientes sufrirá rechazo en el primer año posterior al trasplante. El tratamiento con dosis altas de corticoides y otro tratamiento inmunorregulador en general tienen buenos resultados. Tras el alta, se controla a los pacientes dos veces por semana en el servicio de trasplante renal. La frecuencia de los controles va disminuyendo hasta llegar a una vez al mes a los 12 meses. Más adelante, si el paciente está estable, se los controla cada cuatro a seis meses. Las recomendaciones del National Institute for Health and Care Excellence (NICE) sobre el tratamiento inmunosupresor para el trasplante renal están en revisión, pero es posible que se recomienden el anticuerpo anti-CD25, el tacrolimus, el mofetilmicofenolato y los corticoides como tratamiento inmunosupresor. El rechazo se puede manifestar con el aumento de la creatinina en sangre y con signos clínicos de deterioro de la función renal, tales como disminución de la diuresis y retención de líquidos. Ante la sospecha, se debe derivar al paciente inmediatamente al servicio de trasplante renal.


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